Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero". Alejandra Pizarnik, argentina, poeta y escritora.

Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero". Alejandra Pizarnik, argentina, poeta y escritora.

Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero". Alejandra Pizarnik, argentina, poeta y escritora.

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El abuso sexual y el amor

Escrito por Lorna Norori Gutiérrez

Especialista en abuso sexual y Coordinadora del Movimiento Contra el Abuso Sexual, Nicaragua.

Hace algún tiempo se publicó en un diario nicaragüense una nota titulada: “Niña se enamora de su violador”, refiriendo que desde que tenía ocho años comenzó el abuso y tres años después, se detectó el abuso porque la niña salió embarazada. A esto, agrega la nota, que el abusador pretendió casarse con la niña que decía estar “enamorada” y un notario se negó cuando se enteró que la niña tenía sólo once años.

Igual que en esta nota periodística, muchas veces se vincula el “enamoramiento” de las niñas y adolescentes con su abusador sexual. Esto es un mito y la forma en que los medios enfocan este tema lo único que hace es reafirmarlo.

Hablar de “amor” hacia el abusador por parte de una niña o adolescente es obviar la condición traumática que genera el abuso sexual. Por otro lado, si lo vemos desde la posición de las/os lectores, es reafirmar el mito que las niñas y adolescentes pueden llegar a “sentir amor” por sus abusadores, que es uno de los argumentos que utilizan estos en su defensa; es incluso el argumento de organizaciones internacionales de pedófilos (abusadores sexuales), que han invadido las páginas de internet, para tergiversar la realidad del abuso que cometen.

Asimismo, cuando se habla del “enamoramiento” de las niñas y adolescentes hacia el abusador, se está culpabilizando, sobre todo a las adolescentes, que son señaladas por “quitarle el marido a la madre”, “huir con su padrastro”, etc.

Una condición básica que debemos tener en cuenta es que las niñas, niños y adolescentes lo que esperan de las personas adultas es amor, protección, cuidados, confianza, seguridad. Ninguno de estos elementos es promovido por el abuso sexual, sino todo lo contrario.

Cuando hablamos de abuso sexual y la secuela que este genera, tenemos que abordar el tema del amor, porque precisamente el abusador utiliza la manipulación del afecto, la confianza y la autoridad con las niñas y adolescentes. Esto, sumado al control que ejerce sobre ellas conlleva a que se sientan confundidas, temerosas, angustiadas, solas y culpables por el abuso.

Así el abusador enseña un concepto tergiversado del amor a las niñas y adolescentes, sobre todo cuando vincula el concepto del amor al contacto sexual, cuando les dice que lo que él hace es “por amor” y que si ella lo quiere tiene que aceptar hacerlo también. Ellas, desde la confusión y el temor, llegan a sentir que la única persona que les puede proteger es el abusador, pues también es la única persona que conoce el secreto perverso del abuso a que están siendo sometidas.

Todos estos elementos, que son parte de la estrategia del abusador, hacen sentir a las niñas y adolescentes que solo él puede cuidarlas, mientras él les regala cosas, las compara con la madre, les dice “cosas bonitas”, las atemoriza y confunde más diciéndoles que la vida de él depende de ellas. Así, el abusador llega a convencer a las niñas del “amor”, siendo esta una de las mayores perversidades del abuso sexual, si además vemos lo ilógico que resulta amar a quien se teme, por quien se siente culpable y desgraciada.

Una muchacha de veinte años vino desesperada a la consulta y decía que solo quería que le respondiera “por qué yo me enamoré de mi papá, por qué nací salada, por qué soy tan maldita”. Se trata de una niña que es abusada desde los 7 años por el abuelo materno y cuando lo revela a sus tías, a los diez años de edad —ni el padre ni la madre vivían con ella­— es entregada a la tía paterna. A los trece años revela el abuso del abuelo y el tío paterno; entonces es entregada al padre, quien le compra una casa para que viva sola, le envía dinero desde el exterior, le dice que es el “amor de su vida”, le enseña a usar preservativos como una forma de protegerse del embarazo, la visita cada seis meses. Desde los trece años comienza a ser “la pareja” del padre.

Si nos ponemos en los zapatos de esta niña, ¿nos podemos imaginar qué esperaba ella de su padre, después de vivir todo el horror del abuso desde tan niña? No es cierto que ella estuviera “enamorada” del padre abusador, y en la medida que avanzamos en su proceso pudo establecer cambios que le llevaron a identificar la verdad del abuso sexual y el abusador; reconocer el verdadero concepto del amor, sentir y saber que era posible para ella vivirlo lejos del abuso.

Tampoco esta niña de once años que se menciona en uno de los diarios de Nicaragua, puede estar enamorada de su abusador, sino que presenta la secuela del abuso. Si comenzamos a ver las cosas de esta forma, vamos a evitar revictimizar a esta y otras niñas o adolescente que viven abuso sexual.

Es importante mencionar que la tergiversación del concepto del amor no solo alcanza a las niñas y las adolescentes cuando viven abuso sexual, también lo hace con los niños, solo que esto es tema de otro artículo.


Este artículo se publicó originalmente en la columa «Hablemos de Abuso Sexual» del Movimiento Contra el Abuso Sexual, en El Nuevo Diario (Nicaragua).